Donquijoteliberado. La compañía de Jesús frente a frente

En julio de 1994 realicé, casi por casualidad, uno de los descubrimientos más importantes de la Historia de la Literatura: las fuentes esenciales del Quijote, la extraordinaria relación entre la obra de Cervantes y dos libros religiosos, cuyo contenido y misteriosa trayectoria amplifican su interpretación y descifran, clara y documentalmente, la mayoría de los enigmas planteados por la novela a los estudiosos de todos los tiempos.

Fue un albur, algo azaroso que llegó de repente y sin andar buscándolo.

Acababa de fumarme el porro de después de la siesta en el hostal Castro, en Zahara de los Atunes. Con la habitación casi en penumbra, para atenuar el sofocante calor de levante, comencé a releer el Relato del peregrino o Autobiografía de Ignacio de Loyola. La primera vez lo había abandonado, supongo que por su hermetismo y complejidad.

Casi a punto de desestimar de nuevo el libro, al llegar al episodio del capítulo segundo en el que Ignacio de Loyola se hace armas caballero de Cristo, sentí de pronto la música del Quijote:

Y fuese su camino de Montserrat, pensando, como siempre solía, en las hazañas que había de hacer por amor de Dios. Y como tenía todo el entendimiento lleno de aquellas cosas, Amadís de Gaula y de semejantes libros, veníanle algunas cosas al pensamiento semejantes a aquellas; y así se determinó de velar sus armas toda una noche, sin sentarse ni acostarse, mas a ratos en pie y a ratos de rodillas, delante el altar de nuestra Señora de Montserrat, adonde tenía determinado dejar sus vestidos y vestirse las armas de Cristo.

Tras leer el fragmento, anoté a lápiz en una de las guardas del libro: Dentro está el padre de don Quijote.

En realidad, no tenía ni idea de lo que acababa de escribir.

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